Las brujas de Trasmoz


Ya habÌa pasado el castillo de Trasmoz a poder de los cristianos, y estos, a su vez, terminado las continuas guerras de AragÛn y Castilla, habÌan concluido por abandonarlo, cuando es fama que hubo en el lugar un cura tan exacto en el cumplimiento y tan lleno de ardiente caridad para con los infelices, que su nombre, al que iba unida una intachable reputaciÛn de virtud, llegÛ a hacerse conocido y venerado en todos los pueblos de la comarca.
Muchos y muy seÒalados beneficios debÌan los habitantes de Trasmoz a la inagotable bondad del buen cura, que ni para disfrutar de una canonjÌa, con que en repetidas ocasiones le brindÛ el obispo de Tarazona, quiso abandonarlos; pero el mayor, sin duda, fue el libertarlos, merced a sus santas plegarias y poderosos exorcismos, de la incÛmoda vecindad de las brujas, que desde los lugares m·s remotos del reino venÌan a reunirse ciertas noches del aÒo en las ruinas del castillo, que quiz· por deber su fundaciÛn a un nigromante, miraban como cosa propia y el lugar m·s aparente para sus nocturnas zambras y diabÛlicos conjuros. Como quiera que antes de aquella Època muchos otros exorcistas habÌan intentado desalojar de allÌ a los espÌritus infernales, y sus rezos y aspersiones fueron in™tiles, la fama de mosÈn Gil el Limosnero (que por este nombre era conocido nuestro cura) se hizo tanto m·s grande cuanto m·s difÌcil e imposible se juzgÛ hasta entonces dar cima a la empresa que Èl habÌa acometido y llevado a cabo con feliz Èxito, gracias a la poderosa intercesiÛn de sus plegarias y al mÈrito de sus buenas obras. Su popularidad y el respeto que los campesinos le profesaban iban, pues, creciendo a medida que la edad, cortando, por decirlo asÌ, los ™ltimos lazos que pudieran ligarle a las cosas terrestres, acendraba sus virtudes y el generoso desprendimiento con que siempre dio a los pobres hasta lo que Èl habÌa menester para sÌ. De modo que cuando el venerable sacerdote, cargado de aÒos y achaques, salÌa a dar una vueltecita por el porche de su humilde iglesia, era de ver cÛmo los chicuelos corrÌan desde lejos para venir a besarle la mano, los hombres se descubrÌan respetuosamente y las mujeres llegaban a pedirle su bendiciÛn consider·ndose dichosa la que podÌa alcanzar como reliquia y amuleto contra los maleficios un jirÛn de su raÌda sotana. AsÌ vivÌa en paz y satisfecho con su suerte el bueno de mosÈn Gil. Mas como no hay felicidad completa en el mundo y el diablo anda de continuo buscando ocasiÛn de hacer mal a sus enemigos, Èste, sin duda, dispuso que, por muerte de una hermana menor, viuda y pobre, viniese a parar a casa del caritativo cura una sobrina, que Èl recibiÛ con los brazos abiertos, y a la cual considerÛ desde aquel punto como apoyo providencial deparado por la bondad divina para consuelo de su vejez.
Dorotea, que asÌ se llamaba la heroÌna de esta verÌdica historia, contaba escasamente dieciocho abriles; parecÌa educada en un santo temor de Dios, un poco encogida en sus modales, melosa en el hablar y humilde en presencia de extraÒos, como todas las sobrinas de los curas que yo he conocido hasta ahora; pero tanto como la que m·s, o m·s que ninguna, preciada del atractivo de sus ojos negros y traidores y amiga de emperejilarse y componerse. Esta aficiÛn a los trapos, seg™n nosotros los hombres solemos decir, tan general en las muchachas de todas las edades y de todos los siglos, y que en Dorotea predominaba exclusivamente sobre las dem·s aficiones, era causa continua de domÈsticos disturbios entre la sobrina y el tÌo, que, contando con muy pocos recursos en su pobre curato de aldea, y siempre en la mayor estrechez a causa de su largueza para con los infelices, seg™n Èl decÌa con una ingenuidad admirable, andaba desde que recibiÛ las primeras Ûrdenes procurando hacerse un manteo nuevo, y a™n no habÌa encontrado ocasiÛn oportuna. De ves en cuando las discusiones a que daban lugar las peticiones de la sobrina solÌan agriarse, y Èsta le echaba en cara las muchas necesidades a que estaban sujetos y la desnudez en que ambos se veÌan por dar a los pobres no sÛlo lo superfluo, sino hasta lo necesario. MosÈn Gil entonces, echando mano de los m·s deslumbradores argumentos de su cristiana oratoria, despuÈs de repetir que cuanto a los pobres se da a Dios se presta, acostumbraba decirle que no se apurase por una saya de m·s o menos para los cuatro dÌas que se ha de estar en este valle de l·grimas y miserias, pues mientras m·s sufrimientos sobrellevase con resignaciÛn y m·s desnuda anduviese por amor hacia el prÛjimo, m·s pronto irÌa, no ya a la hoguera que se enciende los domingos en la plaza del lugar, y emperejilada con una mezquina saya de paÒo rojo, franjada de vellÛn, sino a gozar del ParaÌso eterno, danzando en torno a la lumbre inextinguible y vestida de la gracia divina, que es el m·s hermoso de todos los vestidos imaginables. Pero v·yale usted con esas evangÈlicas filosofÌas a una muchacha de dieciocho aÒos, amiga de parecer bien, aficionada a perifollos, con sus ribetes de envidiosa y con unas vecinas en la casa de enfrente que hoy estrenan un apretador amarillo, maÒana un jubÛn negro y el otro una saya azul turquÌ con unas franjas rojas que deslumbran la vista y llaman la atenciÛn de los mozos a tres cuartos de hora de distancia.
El bueno de mosÈn Gil podÌa considerar perdido el sermÛn, aunque no predicase en desierto, pues Dorotea, aunque callada y no convencida, seguÌa mirando de mal ojo a los pobres que continuamente asediaban la puerta de su tÌo, y prefiriendo un buen jubÛn y unas agujetas azules de las que miraba suspirando en la calle de Botigas, cuando por casualidad iba a Tarazona, a todos los adornos y galas que en un futuro m·s o menos cercano pudieran prometerle en el ParaÌso en cambio de su presente resignaciÛn y desprendimiento.
En este estado las cosas, una tarde, vÌspera del santo patrono del lugar, y mientras el cura se ocupaba en la iglesia en tenerlo todo dispuesto para la funciÛn que iba a verificarse a la maÒana siguiente, Dorotea se sentÛ, triste y pensativa, en la puerta de su casa. Unas mucho, otras poco, todas las muchachas del pueblo habÌan traÌdo algo de Tarazona para lucirse en el mayo y en el baile de la hoguera, en particular sus vecinas, que, sin duda con intenciÛn de aumentar su despecho, habÌan tenido el cuidado de sentarse en el portal a coserse las sayas nuevas y arreglar los dijes que les habÌan feriado sus padres. SÛlo ella, la m·s guapa y la m·s presumida tambiÈn, no participaba de esa alegre agitaciÛn, esa prisa de compostura, ese animado aturdimiento que preludian entre jÛvenes, asÌ en las aldeas como en las ciudades, la aproximaciÛn de una solemnidad por largo tiempo esperada. Pero, digo mal: tambiÈn Dorotea tenÌa aquella noche su quehacer extraordinario; mosÈn Gil le habÌa dicho que amasase para el dÌa siguiente veinte panes m·s que los de costumbre, a fin de distribuÌrselos a los pobres despuÈs de concluida la misa.
Sentada estaba, pues, a la puerta de su casa la malhumorada sobrina del cura, barajando en su imaginaciÛn mil desagradables pensamientos, cuando acertÛ a pasar por la calle una vieja muy llena de jirones y de andrajos que, agobiada por el peso de la edad, caminaba apoy·ndose en un palito.
-Hija mÌa -exclamÛ al llegar junto a Dorotea, con un tono compungido y doliente-, øme quieres dar una limosnita, que Dios te lo pagar· con usura en su santa gloria?.
Estas palabras, tan naturales en los que imploran la caridad p™blica, que son como una fÛrmula consagrada por el tiempo y la costumbre, en aquella ocasiÛn, y pronunciadas por aquella mujer, cuyos ojillos verdes y pequeÒos parecÌan reÌr con una expresiÛn diabÛlica, mientras el labio articulaba su acento m·s plaÒidero y lastimoso, sonaron en el oÌdo de Dorotea como un sarcasmo horrible, trayÈndole a la memoria las magnÌficas promesas para m·s all· de la muerte con que mosÈn Gil solÌa responder a sus exigencias continuas. Su primer impulso fue echar enhoramala a la vieja, pero ocnteniÈndose por respetos a ser su casa la del cura del lugar, se limitÛ a volverle la espalda con un gesto de desagrado y mal humor bastante significativo. La vieja, a quien antes parecÌa complacer que no afligir esta repulsa, aproximÛse m·s a la joven y, procurando dulcificar todo lo posible su voz de carraca destemplada, prosiguiÛ de este modo, sonriendo simpre con sus ojillos verdosos, como sonreirÌa la serpiente que sedujo a Eva en el ParaÌso:
-Hermosa niÒa, si no por el amor de Dios, por el tuyo propio, dame una limosna. Yo sirvo a un seÒor que no se limita a recompensar a los que hacen bien a los suyos en la otra vida, sino que les da en Èsta cuanto ambicionan. Primero te pedÌ por el que t™ conoces, ahora torno a demandarte socorro por el que yo reverencio.
-°Bah, bah!, dejadme en paz, que no estoy de humor para oÌr disparates -dijo Dorotea, que juzgÛ loca y chocheando a la haraposa vieja que le hablaba de un modo para ella incomprensible. Y sin volver siquiera el rostro, al despedirla tan bruscamente, hizo adem·n de entrarse en el interior de la casa; pero su interlocutora, que no parecÌa dispuesta a ceder con tanta facilidad en su empeÒo, asiÈndola de la saya la detuvo un instante y tornÛ a decirle:
-T™ me juzgas fuera de mi juicio, pero te equivocas, porque no sÛlo sÈ bien lo que yo hablo, sino lo que t™ piensas, como conozco igualmente la ocasiÛn de tus pesares.
Y cual si su corazÛn fuese un libro y Èste estuviera abierto ante sus ojos, repitiÛ a la sobrina del cura, que no acertaba a volver en sÌ de su asombro, cuantas ideas habÌan pasado por su mente al comparar su triste situaciÛn con la de las otras muchachas del pueblo.
-Mas no te apures -continuÛ la astuta arpÌa, despuÈs de darle esta prueba de su maravillosa perspicacia-, no te apures; hay un seÒor tan poderoso como el de mosÈn Gil, y en cuyo nombre me he acercado a hablarte so pretexto de pedir una limosna; un seÒor que, no sÛlo no exige sacrificios penosos de los que le sirven, sino que se esmera y complace en secundar todos sus deseos; alegre como un juglar, rico como todos los judÌos de la tierra juntos y sabio hasta el extremo de conocer los m·s ignorados secretos de la ciencia, en cuyo estudio se afanan los hombres. Las que le adoran viven en una continua zambra, tienen cuantas joyas y dijes desean, y poseen filtros de una virtud tal, que con ellos llevan a cabo cosas sobrenaturales, se hacen obedecer de los espÌritus, del Sol y de la Luna, de los peÒascos, de los montes y de las olas del mar, e infunden el amor o el aborrecimiento en quien mejor les cuadra. Si quieres ser de los suyos, si quieres gozar de cuanto ambicionas, a muy poca costa puedes conseguirlo. T™ eres joven, t™ eres hermosa, t™ eres audaz, t™ no has nacido para consumirte al lado de un viejo achacoso e impertinente, que al fin te dejar· sola en el mundo, sumida en la miseria, merced a su caridad extravagante.
Dorotea, que al principio se prestÛ de mala vountad a oÌr las palabras de la vieja, fue poco a poco interes·ndose en aquella halag¸eÒa pintura del brillante porvenir que podÌa ofrecerle, y aunque sin despegar los labios, con una mirada entre crÈdula y dudosa, pareciÛ preguntarle en quÈ consistÌa lo que debiera hacer para alcanzar aquello que tanto deseaba. La vieja, entonces, sacando una botija verde que traÌa oculta entre el harapiento delantal, le dijo:
-MosÈn Gil tiene a la cabecera de su cama una pila de agua bendita, de la que todas las noches, antes de acostarse, arroja algunas gotas, pronunciando una oraciÛn, por la ventana que da frente al castillo. Si sustituyes aquella agua con Èsta y despuÈs de apagado el hogar dejas las tenazas envueltas en las cenizas, yo vendrÈ a verte por la chimenea al toque de ·nimas, y el seÒor a quien obedezco, y que en muestra de tu generosidad te envÌa este anillo, te dar· cuanto desees.
Esto diciendo, le entregÛ la botija, no sin haberle puesto antes en el dedo de la misma mano con que la tomara un anillo de oro con una piedra hermosa sobre toda ponderaciÛn.
La sobrina del cura, que maquinalmente dejaba hacer a la vieja, permanecÌa a™n irresoluta y m·s suspensa que convencida de sus razones, pero tanto le dijo sobre el asunto y con tan vivos colores supo pintarle el triunfo de su amor propio ajado, cuando al dÌa siguiente, merced a la obediencia, lograse ir a la plaza vestida con un lujo desconocido, que al fin cediÛ a sus sugestiones, prometiendo obedecerla en todo.
PasÛ la tarde, llegÛ la noche, llegando con ella la oscuridad y las horas aparentes para los misterios y los conjuros, y ya mosÈn Gil, sin caer en la cuenta de la sustituciÛn del agua con un brebaje maldito, habÌa hecho sus in™tiles aspersiones y dormÌa con el sueÒo reposado de los ·ngeles, cuando Dorotea, despuÈs de apagar la lumbre del hogar y poner, seg™n fÛrmula, las tenazas entre las cenizas, se sentÛ a esperar a la bruja, pues bruja y no otra cosa podÌa ser la vieja miserable que disponÌa de joyas de tanto valor como el anillo y visitaba a sus amigos a tales horas y entrando por la chimenea.
Los habitantes de la aldea de Trasmoz dormÌan asimismo como lirones, excepto algunas muchachas que velaban cosiendo sus vestidos para el dÌa siguiente. Las campanas de la iglesia dieron al fin el toque de ·nimas, y sus golpes lentos y acompasados se perdieron, dilat·ndose en las r·fagas del aire, para ir a expirar entre las ruinas del castillo. Dorotea, que hasta aquel momento, y una vez adoptada su resoluciÛn, habÌa conservado la firmeza y sangre frÌa suficientes para obedecer las Ûrdenes de la bruja, no pudos menos de turbarse y fijar los ojos con inquietud en el caÒÛn de la chimenea, por donde habÌa de verla aparecer de un modo tan extraodinario. No se hizo esperar mucho, y apenas se perdiÛ el eco de la ™ltima campanada cayÛ de golpe entre la ceniza en forma de gato gris y haciendo un ruido extraÒo y particular de estos animalitos cuando, con la cola levantada y el cuerpo hecho un arco, van y vienen de un lado a otro acarici·ndose con nuestras piernas. Tras el gato gris cayÛ otro rubio, y despuÈs otro negro, m·s otro de los llamados moriscos, y hasta catorce o quince de diferentes dimensiones y color, revueltos con una multitud de sapillos verdes y tripudos con un cascabel al cuello y una a manera de casaquilla roja. Una vez juntos los gatos, comenzaron a ir y venir por la cocina, saltando de un lado a otro; estos, por los vasares, entre los pucheros y las fuentes, aquellos, por el ala de la chimenea; los de m·s all·, revolc·ndose entre la ceniza y levantando una gran polvareda, mientras que los sapillos, haciendo sonar su cascabel, se ponÌan de pie al borde de las marmitas, daban volteretas en el aire o hacÌan equilibrios y dislocaciones pasmosas, como los clowns de nuestros circos ecuestres. Por ™ltimo, el gato gris, que parecÌa el jefe de la banda, en cuyos ojillos verdosos y fosforescentes habÌa creÌdo reconocer la sobrina del cura los de la vieja que le hablÛ por la tarde, levant·ndose sobre las patas traseras en la silla en que se encontraba subido, dirigiÛ la palabra en estos tÈrminos:
-Has cumplido lo que prometiste, y aquÌ nos tienes a tus Ûrdenes. Si quieres vernos en nuestra primitiva forma y que comencemos a ayudarte a fraguar las galas para las fiestas y a amasar los panes que te ha encargado tu tÌo, haz tres veces la seÒal de la cruz con la mano izquierda, invocando a la trinidad de los infiernos: Belceb™, Astarot y Belial.
Dorotea, aunque temblando, hizo por punto lo que se le decÌa, y los gatos se convirtieron en otras tantas mujeres, de las cuales unas comenzaron a cortar y otras a coser telas de mil colores, a cual m·s vistoso y llamativo, hilvanando y concluyendo sayas y jubones a toda prisa, en tanto que los sapillos, diseminados por aquÌ y por all·, con unas herramientas diminutas y brillantes, fabricaban pendientes de filigrana de oro para las orejas, anillos con piedras preciosas para los dedos, o, armados de su tirapiÈ y su lezna en miniatura, cosÌan unas zapatillas de tafilete tan monas y tan bien acabadas que merecÌan calzar el pie de un hada. Todo era animaciÛn y movimiento en derredor de Dorotea; hasta la llama del candil que alumbraba aquella escena extravagante parecÌa danzar alegre en su piquera de hierro, chisporroteando y plegando y volviendo a desplegar su abanico de luz, que se proyectaba en los muros en cÌrculos movibles, ora oscuros, ora brillantes. Esto se prolongÛ hasta rayar el dÌa, en que el bullicioso repique de las campanas de la parroquia, echadas al vuelo en honor del santo patrono del lugar, y el agudo canto de los gallos, anunciaron el alba a los habitantes de la aldea. PasÛ el dÌa entre fiestas y regocijos. MosÈn Gil, sin sospechar la parte que las brujas habÌan tomado en su elaboraciÛn, repartiÛ, terminada la misa, sus panes entre los pobres; las muchachas bailaron en las eras al son de la gaita y el tamboril, luciendo los dijes que habÌan traÌdo de Tarazona, y, °cosa particular!, Dorotea, aunque al parecer fatigada de haber pasado la noche en claro amasando el pan de la limosna, con no pequeÒo asombro de su tÌo, ni se quejÛ de su suerte ni hizo alto en las bandas de mozas y mozos que pasaban emperejilados por sus puertas, mientras ella permanecÌa aburrida y sola en su casa.Al fin llegÛ la noche, que a la sobrina del cura pareciÛ tardar m·s que otras veces. MosÈn Gil se metiÛ en su cama al toque de oraciones, seg™n tenÌa de costumbre, y la gente joven del lugar encendiÛ la hoguera en la plaza, donde habÌa de continuar el baile. Dorotea, entonces, aprovechando el sueÒo de su tÌo, se adornÛ apresuradamente con los hermosos vestidos, presente de las brujas; p™sose los pendientes de filigrana de oro, cuyas piedras blancas y luminosas asemejaban sobre sus frescas mejillas gotas de rocÌo sobre un melocotÛn dorado, y con sus zapatillas de tafilete y un anillo en cada dedo se dirigiÛ al punto en que los mozos y las mozas bailaban al son del tamboril y las vihuelas, al resplandor del fuego, cuyas lenguas rojas, coronadas de chispas de mil colores, se levantaban por cima de los tejados de las casas, arrojando a lo lejos las prolongadas sombras de las chimeneas y la torre del lugar. Fig™rense ustedes el efecto que su apariciÛn producirÌa. Sus rivales en hermosura, que hasta allÌ la habÌan superado en lujo, quedaron oscurecidas y arrinconadas; los hombres se disputaban el honor de alcanzar una mirada de sus ojos y las mujeres se mordÌan los labios de despecho. Como le habÌan anunciado las brujas, el triunfo de su vanidad no podÌa ser m·s grande.Pasaron las fiestas del santo, y aunque Dorotea tuvo buen cuidado de guardar sus joyas y sus vestidos en el fondo del arca, durante un mes no se hablÛ en el pueblo de otro asunto.-°Vaya, vaya -decÌan sus feligreses a mosÈn Gil-, tenÈis a vuestra sobrina hecha un pimpollo de oro! °QuiÈn habÌa de creer que despuÈs de dar lo que dais en limosnas a™n os quedaba para esos rumbos!Pero mosÈn Gil, que era la bondad misma y que ni siquiera podÌa figurarse la verdad de lo que pasaba, creyendo que querÌan embromarle aludiendo a la pobreza y humildad en el vestir de Dorotea, impropias de la sobrina de un cura, personaje de primer orden en los pueblos, se limitaba a contestar sonriendo y como para seguir la broma.

-øQuÈ querÈis? Donde lo hay, se luce.Las galas de Dorotea hacÌan entre tanto su efecto. Desde aquella noche en adelante no faltaron enramadas en sus ventanas, m™sica en sus puertas y rondadores en las esquinas. Estas rondas, estos cantares y estos ramos tuvieron el fin que era natural, y a los dos meses la sobrina del cura se casaba con uno de los mozos mejor acomodados del pueblo, el cual, para que nada faltase a su triunfo, hasta la famosa noche en que se presentÛ en la hoguera habÌa sido novio de una de aquellas vecinas que tanto la hicieron rabiar en otras ocasiones sent·ndose a coser sus vestidos en el portal de la calle. SÛlo el pobre mosÈn Gil perdiÛ desde aquella Època para siempre el latÌn de sus exorcismos y el trabajo de sus aspersiones. Las brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses, tornaron a aposentarse en el castillo; sobre los ganados cayeron plagas sin cuento; las jÛvenes del lugar se veÌan atacadas de enfermedades incomprensibles, los niÒos eran azotados por la noche en sus cunas, y los s·bados, despuÈs que la campana de la iglesia dejaba de oÌr el toque de ·nimas, unas sonando panderos, otras aÒafiles o castaÒuelas, y todas a caballo sobre sus escobas, los habitantes de Trasmoz veÌan pasar una banda de viejas, espesa como las grullas, que iban a celebrar sus endiablados ritos a la sombra de los muros y de la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte.

 

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